Casos de colusión, casos de estudio

 

Sergio Urrutia Donoso
Docente
Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas
Universidad Central

Cada vez que escuchamos la palabra “colusión”, que de acuerdo a la Real Academia Española significa “pacto ilícito en daño de tercero”, se presenta una gran oportunidad para reafirmar valores de transparencia y  de ética en nuestros estudiantes.

Y otra vez, escuchamos que tal o cual empresa faltó a la “ética empresarial”…

Las empresas son personas jurídicas, por tanto ellas no actúan por sí solas, sino que quienes faltan a la ética son sus altos ejecutivos de confianza, con una alta formación académica, con cursos de postgrados en universidades extranjeras, poseedores de sendos currículos, con un gran número de trabajadores y a cargo de liderar los éxitos financieros  y de posicionamiento de marca de las compañías.

Lamentablemente, la forma de lograr estas metas, son propias de mafias, donde este pacto ilícito en  daño de terceros, forma parte de una “deformación profesional”. Frente a hechos que se han vuelto reiterados en nuestro ambiente empresarial nacional, surge una gran oportunidad para reafirmar valores en los  estudiantes, no solo desde la academia y en las aulas de estudios superiores, sino que más tempranamente aún, desde la educación básica.

Que sepan que los éxitos se logran con esfuerzo, con estudio, siempre respetando al otro, con transparencia, con ética, con lealtad y sobretodo con compromiso social, fundamento de un país como el nuestro, que aspira llegar a ser una economía desarrollada.

Pero también hay una oportunidad para las pequeñas empresas. Hemos visto como a raíz del reciente caso del llamado “cartel del confort”, los consumidores han preferido el papel higiénico de otras marcas ajenas a la colusión y también han aparecido pequeños fabricantes de quienes, de no ser por la publicidad y el impacto de este bullado caso,  ni siquiera nos habríamos enterado de su existencia.

Lo anterior deja en evidencia varias cosas. Primero; que hay marcas tan poderosas que son capaces de eclipsar a otras, al punto de anularlas del ideario consumidor; segundo, que no se puede pretender sostener una marca solo a merced de artilugios y ardides antiéticos; tercero, que los consumidores hoy día son más activos  a la hora de castigar al que rompe con la ética, virtud que valoran mucho más que antes; y por último, que los consumidores, manejan un nivel de información similar a su nivel de indignación.

Por lo mismo, hay una oportunidad histórica para las nuevas generaciones de empresarios de hacer las cosas bien, con todo el sacrificio que ello implica, pero que a la larga se verá recompensado por la preferencia de consumidores cuya lealtad a una marca depende en gran medida, de que ella no sea un boomerang que se coluda contra ellos.